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Redimidos por la sangre de Jesucristo
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El misterio de la redención, que los cristianos celebramos solemnemente en el Triduo Pascual, se hace muy difícil de comprender a la inteligencia humana. Aún admitiendo que el hombre era esclavo por el pecado, ¿por qué para su redención fue necesaria la muerte de Jesucristo en la cruz? ¿No es absurdo que Dios Padre entregue a su Hijo a la muerte en la cruz, tal como indica San Pablo: “Dios no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó a la muerte por todos nosotros” (Rm 8, 32)? No se trata simplemente de una lucha dialéctica entre el bien y el mal con la victoria temporal de éste, revertida por la omnipotencia de Dios en la resurrección. Para comprender este misterio hay que profesar la fe en el Dios creador de los seres dotados de libertad, tanto los hombres como los ángeles, entre éstos el llamado Diablo, quien antes de su caída tuvo un enorme poderío, hasta el punto de que el mismo Jesús lo califica como el “Príncipe de este mundo” (Jn 16, 11). El libro sapiencial de Job trata de ofrecer una explicación al angustioso sufrimiento de aquellas personas que se esfuerzan en cumplir sinceramente la ley de Dios. Job se pregunta por qué Dios le castiga tan duramente. Sus interlocutores tratan de convencerlo de que, tal vez sin saberlo, ha transgredido la ley divina. Pero Job, sin embargo, al no tener conciencia de pecado rechaza esa acusación y se resiste a declararse culpable. Una respuesta a este enigma se encuentra en la introducción, posiblemente añadida, del libro de Job, donde se narra en forma antropomórfica la conversación entre Yahveh y su ángel “Satán”, nombre hebreo que significa acusador o fiscal en referencia al cargo que ocupaba en el tribunal del Juez supremo donde todos seremos juzgados según nuestras obras (cf. Mt 25, 31-45). Satán, bajo el pretexto de probar, somete a los hombres a tentaciones tremendas, difíciles de resistir. Así obtiene el permiso divino para tentar a Job, quien a través de enemigos, de bandidos, de rayos y de huracanes, ve impotente cómo son arrebatados sus bienes, sus ganados, sus servidores y hasta sus propios hijos. Pero, a pesar de ello permanece fiel y sigue bendiciendo al Señor. Pero Satán astutamente propone a Yahveh herir a Job en su cuerpo. Dios accede pero con la condición de no atentar contra la vida del pobre infeliz, quien queda cubierto por una llaga maligna como lepra que le cubre desde la planta de los pies hasta la coronilla de la cabeza. A pesar del tremendo dolor y del sarcasmo de su propia esposa que le propone maldecir a Dios y morirse, Job sigue alabándole y bendiciéndole. “¿Si aceptamos de Dios el bien, ¿no aceptaremos también el mal?” (Jb 2, 10). Al final del relato, Dios bendice con creces a Job por haber salido vencedor de la prueba. En el caso de Jesús, también Satán se presenta como tentador, primero en el desierto y luego en diversas ocasiones directamente o a través de otras personas, incluso familiares o discípulos, como el mismo Pedro, sin que Jesús caiga en la tentación. Finalmente el Maligno pervirtiendo para ello la mente de los sumos sacerdotes y de Pilatos, el procurador romano, quien injustamente condenó a Jesús a la tortura y a la muerte en la cruz. Sin embargo Jesús, obediente a la autoridad religiosa y a la política, no se resiste y accede a morir por amor, confiando en que el Padre, justo y misericordioso, le resucitará. Por eso su sacrificio no fue en vano. Su sangre, al caer a tierra, clama al Padre (cf. Gn 4, 4, 10), desvelando la maldad asesina de Satán, quien a partir de ese momento es destronado de su función de acusador y arrojado a la tierra, quedando su poderío limitado, aunque no del todo anulado (Ap 12, 10-11). Dios acepta que la sangre de Jesús sirva como rescate para que los muertos no queden encarcelados por el poder diabólico en el abismo (el sheol) sin poder acceder a un juicio justo ante Dios (Ap 5, 9). A partir del momento de la redención el hombre, aunque sea tentado por el Maligno, ya no estará sometido al poderío diabólico, sino que queda habilitado para acceder a la salvación. “Ahora ya ha llegado la salvación, el poder y el reinado de nuestro Dios y la potestad de su Cristo, porque ha sido arrojado el acusador de nuestros hermanos, el que los acusaba día y noche delante de nuestro Dios. Ellos lo vencieron gracias a la sangre del Cordero y a la palabra del testimonio que dieron, porque despreciaron su vida ante la muerte” (Ap 12, 10-11). Esta sucinta explicación puede ayudar a comprender mejor el misterio de la redención, clave para entender el plan de Dios Padre para hacernos hijos en su Hijo por la energía santificadora de su Espíritu (Rúaj). ¡Adoremos agradecidos a nuestro Salvador! Leido 215 Veces |
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