Homilía: Cardenal Terrazas llama a vivir una verdadera solidaridad al lado del prójimo
 

Queridos hermanos y hermanas:

Saludo de manera especial a los hermanos de la Provincia Manuel María Caballero, con quienes he podido participar un aniversario más que lo recordamos y lo recordamos en la oración. Saludo muy especial a todas las comunidades que ayer he podido encontrar para hacer el sacramento de la confirmación, a la Colonia San Carlos, la comunidad Rosario, la Comunidad San Juan, que se encuentra en el Municipio de La Guardia, hacia las montañas; a ellos mi afecto y mi cariño una vez más.

 

Si miramos a otros hermanos a quienes quisiéramos invitarlos a escuchar esta palabra, es sin duda a quienes están sufriendo, por un lado por las muchas lluvias, quizás en nuestros barrios, pero por otro lado una gran parte del país sumidos en la sequía que siempre es una prueba muy fuerte. Son situaciones que tenemos que mirarla, para ver cómo compartir con ellos, mirarlas para pedir que se atiendan sus necesidades, pero sobre todo para decirles aquí estamos nosotros para que juntos podamos levantar la cabeza y mirar al Dios de la vida a quien olvidamos con frecuencia y a quien permitimos darnos el lujo de no rezarle, de no escucharlo. A todos ellos a todos los que sufren en nuestros campos, en nuestras montañas, en nuestras comunidades, en los ríos, en todos lados, este mensaje tiene que resonar en nuestro corazón de manera especial.

 

El libro de los Reyes nos presenta una mujer viuda, que no tiene lo necesario para vivir; va allá Elías el profeta y primero le pide un vaso de agua, después le pide un pedazo de pan, ella con toda sencillez dice: “no tengo mucho, apenas hay una pequeña ración que la voy a preparar, voy a hacer un pan, lo voy a comer  con mi hijo y luego moriremos de hambre. Elías le dice que no hable así, que vaya y haga una tortilla  le dé un pedazo para él, otro para su hijo y para ella. Llena de confianza lo hizo, quizás pensando que se acababa la harina, que se acababa el aceite, pero Elías le asegura que el Señor no va permitir eso, que puede gastarlo todo hoy pero que mañana va tener y así sucesivamente todos los días para no morir de hambre, fue y así aconteció. Aquí está el ejemplo, el primer ejemplo que tenemos que tomar muy en cuenta y muy en serio, una mujer pobre que da lo último que tiene y que esto es semilla de vida y que es también lugar de bendición del Dios de la vida.

 

Esta primera enseñanza debemos recibir hoy, teniendo firme nuestra fe en el Señor y en su palabra.

 

Segunda actitud de coherencia: dar aunque sea de lo poco que tenemos, no lo que nos sobra, o lo que se está pudriendo, no lo que nos estorba, sino aquello que va  servir para la vida, para compartir. Ser pobre, la bendición para el pobre y no aquel que lo tiene todo que con desprecio a veces comparte un pequeño regalo o un poco de dinero.

 

Y en el evangelio se nos presenta casi el mismo ejemplo. Jesús enseñaba en la sinagoga, y lo decía con toda claridad. Cuídense de los escribas, de esa gente que los quiere dominar, esa gente que los atemoriza, de esa gente que los llena de escrúpulos, de miedos, de temores, cuídense de ellos, porque a ellos les gusta pasear por las calles con vestiduras de lujos, les gusta ser saludados en las plazas, les gusta ocupar los primeros puestos  en los banquetes.

 

Justamente en estos días en que el Señor pronuncia  estas palabras se va acercando ya el momento de viernes santo, y van los que le tienen odio buscando las formas y maneras para eliminarlo cuanto antes para que no siga hablando, estamos en Jerusalén, la última semana de la vida del Señor. Y su mensaje es claro, su mensaje es contundente, su mensaje no anda del brazo con las hipocresías que se inventan en cualquier espacio  donde haya poder o  haya dinero.

 

El Señor observa, no los gestos externos, sino del corazón

 

Luego el Señor se acercó al Templo, al espacio donde la gente sabia dejar su limosna, su ayuno Dicen que era una fuente grande de aluminio, cualquier moneda que caía por ahí sonaba fuerte, y El Señor se puso en frente y se puso a observar, a Él no le interesaba cuánto daban los grandes, porque ellos ya hacían ostentación, ya su vanidad era extraordinaria, llegaban allá, quizás con gente para que los aplaudan por las grandes limosnas que podían dar. El Señor está observando, observa lo que pasa a los tienen mucho, observa qué pasa a los orgullosos, observa que van dejando unos con más ruidos y otros su dinero, sus ofrendas, sus colaboraciones. Descubre a una mujer viuda, pobre. No nos olvidemos que en esos tiempos más pobres eran las viudas, los migrantes, los enfermos, ella pertenece al grupo de los más pobres, pero dentro de su pobreza ella también quería dar algo y no tenía más que dos pequeñas moneditas dice El Señor; y se acerca con humildad, casi con miedo, temblando y a lo mejor con temor de que la estén observando, y deja esas dos moneditas, todo lo que tenia para vivir, todo lo dejó para el bien de los demás. El Señor que estaba observando, que estaba mirando se dio cuenta; El Señor observa no sólo lo externo, sino lo que está en el corazón y sabe que esa gente poderosa pudo haber dado muchísimo pero sin importarle nada, porque sus mesas siguen llenas de alimentos, porque sus cajas fuertes están con dinero, porque su dinero está en el banco o porque tienen la posibilidad de conseguir dinero por acá o por allá y regalarlo con ostentación para que todos lo aplaudan. El Señor que observaba, observaba el corazón; se da cuenta que esta mujer está dando todo lo que ella tiene y no le dice el Señor mira, no te preocupes, en adelante vas a recibir cheques a cada semana, no!.

 

 El Señor nos pone el camino claro, cuando damos algo a Dios no es que tengamos que exigirle que El nos dé miles y limes más de lo que le hemos dado. Cuando damos algo a Dios lo importante es siempre si desde el corazón, se ha dado lo mejor que uno tiene, eso vale; cuando hacemos ofrenda para Dios. Esto vale para los hermanos, cuando damos ayuda a nuestros hermanos no le podemos dar las migajas, no lo podemos utilizar para tenerlos siempre listos para aplaudirlos, tenemos que ser capaces dar a ese hermano para que comparta lo tenga para alcanzar la libertad auténtica que necesita una persona para poder decidir sobre su futuro, sobre su vida y sobre su historia.

 

La generosidad consiste en dar lo mejor de sí

 

La alabanza más grande que El Señor dice; “Dio todo lo que le servía para vivir”, así se cambia, sólo así podemos sentir una solidaridad que no es un gesto humillante, sólo así tendremos que acercarnos a los miles de hermanos que están ahora sufriendo por las sequias o por las inundaciones o por tantas carencias, no para llenarles los bolsillos de dinero, sino para devolverles la capacidad de poder ser ellos mismos lo que El Señor desea que sean, libres del corazón y de la conciencia.

 

Observar pensando en  Dios, para dar lo que realmente es propio para la vida, en un ambiente caldeado de tantos discursos, caldeado de tantas promesas en un ambiente en el que parece haber una competencia para ver quién ofrece más ilusiones. Esta actitud  observa que lo que vale no es la cantidad y los montones que se puedan distribuir, lo que vale es que la vida esté al servicio del otro, que lo que tenemos para vivir lo compartamos también con el otro. La verdadera y auténtica solidaridad no es la que se lleva a los pueblos con tanta ostentación, es la que se vive cada día, con el que está cerca, con mi prójimo que a lo mejor se está muriendo de hambre y nosotros le damos discursos en vez de pan.

 

Observar el ambiente, donde los valores morales se van perdiendo, donde la alegría de la dignidad humana se va diluyendo, donde parece que quieren acostumbrarnos a ver matar a uno, matar al otro, ejecutar o hacer todo signo de muerte, como si eso sea lo que nos corresponde como futuro, no es así! Esto tiene que escucharse también hoy. Hermanos y hermanas que están con la angustia de vivir o que están con la tentación de cometer violencia, muerte o cualquier cosa, escuchemos esta palabra, hay algo de bondad en tu corazón, comparte eso con el otro y recibirás también la misma medida de tantas personas que nos quieren. No seamos abatidos tenemos que estar siempre de pie para levantar al Señor.

 

La Ordenación de tres nuevos sacerdotes

 

Vamos observar también qué puede acontecer de alegría en nuestra vida, toda nuestra  Iglesia, especialmente aquí en Santa Cruz. Se presenta en la segunda lectura al Sumo sacerdote que  ingresa al Santuario de una vez para siempre porque ha borrado los pecados del mundo, porque él no tiene que repetir eso cada día sino que de una vez para siempre y toda la enemistad que había del hombre con nuestro Padre Dios que nos asegura que esto se va seguir realizando a lo largo de todos los días.

 

Signo más claro de que El Señor destruyó el pecado, de que El Señor trajo la vida auténtica, lo encontramos en la Eucaristía es allí donde esa sangre de Cristo derramada en la Cruz vuelve a derramarse por nosotros con esa vida de Cristo conseguida en la Pascua, vuelve a hacerse presente en nuestra comunión, esto gracias al camino que el Señor ha elegido, esto se hace realidad en personas concretas, hermanos nuestros elegidos por Dios y por la Iglesia son capaces de repetir este gesto del Sumo sacerdote para que nosotros nos llenemos.

 

Esto va ser realidad, con la ordenación de tres de nuestros             Diáconos que están ahora aquí, ellos han sido elegidos por el Señor y el jueves serán ordenados precisamente para hacer presente toda la obra de Cristo, toda la obra del Señor, su mensaje y su presencia salvadora, su sacrificio que será ofrecido en nuestros altares, en nuestra Iglesia para el bien de nosotros.

 

Sentir de cerca esa presencia del Señor que nos llega a través de la palabra cálida de un sacerdote, el gesto respetuoso, el gesto solemne con que nuestros sacerdotes tienen que celebrar cada día la eucaristía.

 

Todo esto nos lleva a volver una vez más al desafío, demos de lo nuestro, demos aquello que más nos gustaría tener, como la familia de estos jóvenes que han entregado a sus hijos, que lo han entregado no a cambio de promesas, ni de cheques, los han entregado por que El Señor ha querido.

 

Queremos nosotros dar gracias a Dios, para que en nuestro medio, en nuestro ambiente vayan surgiendo estos jóvenes que le dicen sí al Señor para servirlo a Él y servir a sus hermanos. Esto nos lleva a rezar en estos días mis hermanos por las vocaciones sacerdotales y religiosas, rezar, lunes, martes, miércoles, todos los días, en nuestros hogares, en nuestras Parroquias, para que El Señor siga aumentado aquellos para guiar a su pueblo, orientar a su pueblo y llevarlo hacia los manantiales de la paz, de la justicia y la libertad. AMEN.

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