La fiesta de la cosecha
 

Este domingo celebramos la fiesta o solemnidad de Pentecostés, la venida del Espíritu Santo sobre los Apóstoles, a los cincuenta días de haber celebrado la Resurrección de Cristo, el Hijo de Dios, el único Salvador de la Humanidad. Completa y corona y, a la vez, es como un único acto: Pascua, Ascensión y Pentecostés. El triunfo completo del Salvador y Redentor de la humanidad que vino a este mundo para salvarnos. Pentecostés es, originariamente, la fiesta de la cosecha para el pueblo de Israel, o de la primera siega del trigo. Habría que leer el libro del Éxodo, c.32, v. 22, y también c.23, v. 16, y el  libro del Levítico, c.23, vv. 16-22 donde se explica con detalle las celebraciones del pueblo de Israel y cómo estas fiestas deben ir acompañadas de la gratitud al Todopoderoso y preocuparse de los pobres.

(mensaje semanal de Mons. Jesús Pérez. Arzobispo de Sucre)

Toda cosecha es acontecimiento grato. Desde siempre ha sido, y hasta ahora es motivo de fiesta y, casi siempre la fiesta de la cosecha tiene un matiz marcadamente religioso, en Israel, en Bolivia y en muchos países. Se agradece a Dios la fecundidad de la tierra y del propio trabajo, y, en Israel se le consagraba al Señor las primicias. Pero la cosecha no es el fin de todos los trabajos, se abre una nueva serie de actividades, que juntamente la cosecha hace posibles y necesarios.

 

Jesús cumplió la promesa de enviar la fuerza de lo alto, el Espíritu Santo, en Pentecostés. El Espíritu procede del amor eterno e infinito entre el Padre y el Hijo. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo es el gran misterio central de la fe cristiana que nos diferencia esencialmente de las grandes religiones monoteístas, como ser la musulmana, judía,…Es el misterio y verdad que reveló Jesucristo. Sólo a Él debemos esta revelación que encontramos claramente en los cuatro evangelios. El Espíritu Santo transformó el corazón y la vida de los apóstoles y de todos los creyentes en Cristo. El Espíritu Santo lo recibimos en el bautismo y de manera más plena en el sacramento de la confirmación. Todos los discípulos quedaron llenos del Espíritu Santo y con El se lanzaron a ser testigos de Jesús por el mundo entero. Por ello, Pentecostés, es como la cosecha de la siembra que hizo Cristo con su Palabra. Aparece en las obras de los discípulos, la persona y vida de Jesús. Aparece y se hace presente en el mundo la Iglesia.

 

Pentecostés fue para los judíos mucho más que la fiesta de los frutos brotados de la tierra, era también de los frutos espirituales nacidos de la Pascua, de su paso por el mar rojo. Es el recuerdo de la alianza de Dios con su pueblo.

 

El Pentecostés cristiano nos invita a hacer memoria y a revivir, a alegrarnos y hacer fiesta pues Cristo nos ha regalado su Espíritu. Con el Espíritu Santo ha derramado en cada creyente sus dones, sus siete dones, para el servicio de la comunidad cristiana, la Iglesia. El Espíritu Santo anima a la Iglesia, incluyendo la Iglesia casera, la Iglesia doméstica, nuestras familias. El Espíritu está en cada uno impulsándonos a amar, incluso a los enemigos, nos da fuerza para ser “discípulos misioneros”.

 

Cristo ha entrado en el cielo, nos ha preparado un lugar y nos ha dado su Santo Espíritu y, ahora espera de cada uno de nosotros, recoger el fruto, la cosecha de lo sembrado. La Misión Continental nos está llamando a ser discípulos misioneros, a continuar en la siembra del Evangelio. Por ello, el tema de la Misión Permanente: DISCÍPULO MISIONERO: ESCUCHA, APRENDE Y ANUNCIA”. La Iglesia nacida en Pentecostés anuncia el amor hecho perdón. Prepara el corazón para el perdón mediante la tolerancia, la convivencia, la comprensión. Ahora ha de nacer un pueblo nuevo, como cosecha rica de este tiempo pascual de tanta siembra.

 

El cristiano mira al cielo, tiene puesta la vista en las cosas de arriba, pero está impulsado por el Espíritu Santo a ser testigo de los valores del Reino, a construir un mundo más humano y solidario. Pero, nadie podrá ser testigo, misionero de Cristo si no se ha encontrado profundamente con El. Nadie puede hablar de algo que no conoce. El conocimiento de Cristo, el estar con Cristo, vivir en la amistad con Él, es indispensable para ser discípulo misionero. El Espíritu Santo que ha derramado sobre cada creyente en Jesús, su amor, nos hace testigos de Él.

 

Esta es la hora de manifestar, en todo momento, en todo lugar: La casa, el trabajo, la política, las diversiones, la cultura, son lugares para ser discípulos misioneros. Es la hora de unirnos en los trabajos del VI Sínodo y vivir en Misión Permanente. No hay tiempo que perder para construir el Reino del amor de Dios. Hoy es el día  en que los cristianos recordamos el Espíritu Santo que hemos recibido en el sacramento de la confirmación; guiados y fortalecidos por el Santo Espíritu, debemos lanzarnos a ser cristianos misioneros.

 

+Mons. Jesús Pérez

Arzobispo de Sucre

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