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Presentación

LA LITURGIA VIVIDA

a vida cristiana, como "culto en el Espíritu y la Verdad" (Jn 4,23; Rom 12,1), se verifica en las celebraciones litúrgicas en las que se concreta la liturgia como "ejercicio del sacerdocio de Jesucristo" para santificación del fiel y culto a Dios (SC 7). Hay una afirmación que no se puede olvidar ni por un momento: si la Liturgia es el Misterio del río de la Vida que brota del Padre y del Cordero (Ap 22,1;5,1-14; Jn 7,37-39;Jn 19,34) y si nos alcanza y arrastra cuando la celebramos, es para que toda nuestra vida sea regada y fecundada por ella. La Liturgia celestial donde se consuma la Historia de la Salvación, se cumple, de parte de la Asamblea, en las celebraciones sacramentales, a fin de que se haga realidad en cada miembro de la Asamblea celebrante.

Desde esta óptica, la Liturgia cristiana anula la separación que existía en la primera Alianza entre culto y vida moral. Cuando se celebra la Liturgia se participa en todos los aspectos de la vida reencontrados en la comunión de Dios Padre en el mundo reconciliado y en el tiempo liberado: vivimos, en verdad, y lo que seremos eternamente, es ya manifestado y saboreado en el Espíritu. Nunca es más el mismo fiel, nunca la Asamblea es más ella misma y el Cosmos nunca es más el mismo, sino que "los cielos y la tierra", "la humanidad entera" son introducidos en la gloria eterna. Ahora bien, en este revestirse de Dios, que son los momentos de plenitud, permanece el tiempo caracterizado por los sufrimientos, las injusticias, los sufrimientos…

La celebración litúrgica no es dar la espalda a la realidad. Precisamente, en tanto el velo de la muerte parece recubrir la lenta penetración de la vida del Resucitado, la Asamblea celebrante entra en la experiencia de la Liturgia vivida en medio de la historia que "gime dolores de parto, esperando su total plenificación" (Rm 8,20-22). Así, la Liturgia nos compromete con la tarea de colaborar en la construcción del Reino. Por eso, nuestras celebraciones litúrgicas terminan con una bendición, ahora vivamos y comuniquemos a Quien hemos recibido.

La Liturgia tiene el potencial de ser "la espiritualidad de la Iglesia". De hecho, la Liturgia es el denominador comun e imprescindible de toda forma de vida carismática o apostólica (SC 7; 102). Esta espiritualidad es esencialmente bíblica, por tanto, basada en la Escritura como Palabra de Dios celebrada y actualizada en los signos litúrgicos; es historia profética , en cuanto lleva a asimilar y proclamar el significado último de los acontecimientos diarios; es cristocéntrica y pascual, en cuanto la Liturgia tiene como centro el Misterio de Jesucristo; es sacramental porque facilita que el cristiano/ cristiana vive en Cristo y Cristo vive en él (Gál 2,20); es testimonial, en cuanto impulsa a los creyentes a ser coherentes entre la fe que profesan y las obras que realizan; es, finalmente, mistagógica porque va llevando a los creyentes a una vida progresiva en el Misterio de Cristo, en su representación y actualización litúrgica.

Realmente, hay motivos fundamentales para vivir plenamente la Liturgia. Ojalá, este nuevo año, todos nos esforcemos para considerar la Liturgia como "fuente y culmen" de la vida de la Iglesia.

 

Dr. Marcos Jenaro Mercado Rojas

Secretario Ejecutivo de la Comisión Episcopal de

Liturgia, Música y Arte Sacro

La Paz, 27 de Noviembre del año 2005

Primer Domingo de Adviento

 
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